La daga del silencio se clava en medio del compartir, la ponzoña que ella le cargó ahora forma parte de mi sangre. Su mirada devastadora como el fuego que siento al arder mi piel, se clava en mí esperando que arda.
No me quiere viva, no me quiere justo ahí, espera que me rinda, suelte mis cartas y camine por la puerta dejándole ganar el juego que ella comenzó, cuando en realidad era mío.
Pareciera que su deber es quitarme lo que tengo, lo que soy y lo que quiero.
El disfraz de la ternura cubre sus ojos llenos de odio, intentando dejarme sin nada.
Pero no, esta batalla era mía antes de ser una pelea, mis objetivos estaban fijos antes de que ella fijara los suyos.
Su razón de vivir, la mía, su impulso, superarme.
Su mente no puede crear cosas propias, plagio a mis pensamientos, plagio a mi querer.
Tan solo puedo decir que seguiré jugando… mi juego.

